Primero de todo quiero aclarar que esto no
es más que una opinión personal. No es una sentencia ni estoy dando nada por
hecho. Simplemente os narraré, si os apetece leer hasta el final, mi teoría
-una opinión únicamente basada en la observación y en mi percepción de la
realidad-, sobre el encumbramiento y posterior caída de la figura del
presidente del FC Cartagena, Francisco Belmonte Ortiz.
No se han
cumplido todavía diez años del desembarco de Paco Belmonte y su equipo de
trabajo en el Cartagena. Lo hicieron en el mes de abril de 2015, no sin algo de
polémica, tras una propuesta de referéndum en el que se planteaba liquidar el
club y empezar de cero, pero que finalmente no llegó a buen término; esto
provocó algo de ruido que pronto supieron silenciar y reconducir desde el club,
hasta llegar a un punto tan álgido que pocos creíamos que pudiera tener el
final que parece que va a tener.
Y es que, todo
hay que decirlo, Belmonte, Breis y compañía han hecho cosas bien en el Fútbol
Club Cartagena, muchas, claro que sí, en su momento se dijeron y se celebraron.
El primer hito
fue lograr la permanencia en aquella temporada de infarto en el campo de Las
Palmas Atlético, gracias al épico empate a uno anotado por Carlos Martínez
aquel 31 de mayo de 2015, cuando el partido llegaba casi a su final. A partir
de ahí llegaron muchas cosas buenas a la entidad, ideas frescas para un club
que, pocas directivas antes supieron gestionar de manera tan moderna y cercana
y que, hasta entonces, sobrevivía prácticamente por inercia, con una estructura
rudimentaria y con una masa social escasa pero ávida de ese aire fresco que
iban a saber aportar Belmonte (un tipo carismático y “echao palante”) y su
equipo de trabajo.
Cinco temporadas
en la antigua segunda B necesitaron para lograr el ansiado ascenso que, año
tras año estuvieron rondando, pero por unas cosas u otras se resistía y no se
logró hasta el año 2020. En esas cinco temporadas antes del ascenso, el club no
hizo más que crecer y generar ilusión a una masa social que no hacía más que
aumentar e ilusionarse con la buena gestión que estaban llevando a cabo
Belmonte y compañía. Cinco temporadas de crecimiento deportivo e institucional;
se remozó el estadio, se arregló la megafonía, se pintaron y unificaron las
vallas publicitarias, se le dio un buen impulso a la imagen institucional, la
sala de prensa y los vestuarios, se creó el Business y se atrajo tejido
empresarial al proyecto, se presentó un autobús por todo lo alto, se creó un
himno en el que todos (jugadores y directivos) aparecían como una familia
feliz, no me cabe duda de que lo eran, corrían buenos tiempos.
Se me antoja
difícil encontrar un porqué, más que un porqué, se me antoja difícil encontrar
un cuándo. Cuándo empezó a cambiar todo. Habrá miles de teorías y yo, por
supuesto, tengo la mía propia…
Tanto el
presidente como el director general supieron acercarse a la prensa y a los
aficionados de manera nunca vista antes en la ciudad. La comunicación del club
con la afición era alegre, cercana, ágil y divertida, a la par que ingeniosa.
Esto supuso que su popularidad creciera de manera exponencial temporada tras
temporada. Lo estaban haciendo bien, en lo deportivo a veces no se conseguía el
objetivo, pero daba igual, su prestigio seguía cotizando al alza. Hubo hasta
alguna “disputa” con el eterno rival y con la prensa de la capital para
defender los intereses albinegros, acción bastante populista pero muy aclamada
por la enfervorecida afición, que elevaban al presidente blanquinegro poco
menos que a un nivel de semidiós por cómo se partía la cara por “su”
Cartagena.
Ya por aquel
entonces, aún con el equipo aún en Segunda B, corría el rumor de que el dueño
del club podría no ser realmente Paco Belmonte, pero daba igual, el equipo
ganaba, las cosas iban bien, unas risas, palmadita en la espalda y a otra cosa.
Llegó el ansiado
ascenso, un atisbo de suerte entre tanto drama que estaba viviendo la sociedad
en mayo de 2020 en plena pandemia. Una alegría que, por otro lado, tuvo que ser
contenida porque las condiciones de la situación así lo exigía, pero un ascenso
al fin y al cabo que no hizo más que disparar aún más la popularidad (y el ego)
de Paco Belmonte. Tras el ascenso, su popularidad e influencia en el aficionado
y en la ciudad era tal, que de haberse presentado a la alcaldía, hubiera ganado
por mayoría, por supuesto otra opinión personal.
Su ego llegó
alto, muy alto. Imagino que de tanto decirle lo bien que lo estaba haciendo y
lo bueno que era, se lo acabó creyendo. Supongo también que, haciendo un símil
con el mundo de las estrellas del rock que tanto me gusta, su personaje fue
creciendo tanto que acabó devorando a la persona y acabó creyendo que vivía en
una realidad paralela que sólo él -y su séquito- percibían. Se acostumbró tanto
al éxito, la fama, los halagos y las felicitaciones, que más tarde, cuando
llegaron las críticas y los reproches, no estaba preparado para aceptarlo y,
obviamente, no lo hizo.
Lo peor no es
que él no estuviera preparado, sino que todo el que le rodeaba le hizo vivir en
una burbuja de irrealidad, haciéndole creer que era el mundo el que se
equivocaba y no él, evitando de esta manera hacer autocrítica y aceptar los
errores cometidos, que también los hubo, por supuesto, como humanos que son. Lo
hubiéramos entendido si en algún momento hubiera reconocido sus errores y se
hubiera mostrado más terrenal.
Poco a poco
(insisto en que es mi percepción de la situación) esa burbuja dentro del club
se fue haciendo más grande, más hermética y más “sectaria”, incluyendo en ella
a familiares y allegados, que tal vez por protección, o tal vez por salvar su
puesto, nunca se sabrá, le intentaban proteger del “enemigo”, que primero fue
parte de la prensa, después unos pocos aficionados, más tarde toda la prensa
(excepto la de la capital) y finalmente ha acabado peleado con todo el mundo.
Creo que
tristemente se ha llegado a un punto de no retorno, y digo tristemente porque
de verdad pensaba que esta directiva iba a llevarnos a Primera División.
Imagino que se ha llegado a este punto por una mezcla de ego, prepotencia y,
sobre todo, mentiras. Mentiras que, mientras la situación estaba bien se
pudieron esconder y disimular. Mentiras absurdas como insistir, jurar y
perjurar que el club era suyo y de nadie más, supongo que un poco para jugar
sentirse importante, no sé muy bien por qué empeñarse en alimentar esa mentira,
la verdad.
El caso es que,
tras tanto tiempo defendiendo esa mentira, su orgullo ya no le permitía
rectificar y admitir que ese discurso que defendió con tanta vehemencia no era
cierto, de manera que la bola se fue haciendo tan grande que finalmente, cuando
se quedó sin respuestas y se vio acorralado, optó por el silencio como solución
y esa bola le ha acabado explotando en el mismísimo rostro.
La lástima es que, a lo que él llama "su empresa" no es una empresa al uso, su empresa es una Sociedad Anónima Deportiva que subsiste gracias a las ayudas locales, regionales y privadas; además de una masa social de 9000 abonados a los que ha decidido, no sólo no dirigirse, sino no representar al club desde el palco de aquí hasta final de temporada, algo que me parece totalmente rocambolesco, inaudito y absolutamente fuera de lugar, un berrinche más. Y la lástima es también que la bola no solamente le ha explotado a él en el rostro, sino a esos 9000 abonados que tanto le han querido y a toda una ciudad que vive ahora expectante porque sabe que la decisión está tomada pero, por supuesto, será cuando él quiera.